El vestido de margaritas

Era una noche de esas donde todo parecía el reencuentro del olvido. Me puse a pensar, “¿cuántas veces no había querido salir de mi zona de confort?”. Como aquel fin de semana que decidí no llegar a mi casa para no regresar a deprimirme a la soledad de mi cuarto oscuro. Así que me propuse la búsqueda de un nuevo hogar, aunque fuera sólo por una noche. Esta vez quería emprender un nuevo viaje pero quería que todo fuera nuevo. Cambié mi estilo por un día y salí a buscar un vestido, el vestido.

Le dije a una amiga que me acompañara y no quiso, que para qué quería cometer semejante atrocidad, que una cosa era saber quien soy y otra era cambiar mi género sexual. No es fácil ser un hombre gay y querer vestirme de guapa. Terminé yendo solo y como iba a ser mi primer vestido (sin contar el que le robé a mi hermana cuando cumplí quince años) opté por la idea de comprar el más bello que encontrara sin importar el precio que tuviera.

Me pasee por un sin fin de lugares buscando el vestido ideal. Vi vestidos de seda, de lana de algodón, de poliéster, etc. Colores llamativos como el naranja, rojo, amarillo, sin embargo esos no son mis tonos preferentes. Encontré piezas impecables de precios razonables pero ninguna me convenció. Caminé por tiendas departamentales, nunca se sabe qué tesoros se pueden encontrar ahí, pero nada.

Desganado y triste me resigné, tal vez no tenía sentido buscar un vestido. Por más que mi complexión fuera la de una mujer esbelta de hombros angostos, no tenía caso. Regresé a mi departamento en el centro histórico de la ciudad admirando la arquitectura. No me iba a dejar vencer por esta derrota, tenía que seguir adelante con mi vida. Aunque empezaba a sentir el pesar de la depresión renaciendo de mis adentros más escondidos dentro de mi mente.

El sol salió e iluminó un extremo de la calle que estaba nublado. Voltee a ver y vi a una hermosa mujer vestida de flores. Llevaba un hermoso vestido escotado negro con estampado de margaritas. Me acerqué. Le hablé y me hice pasar por un pretendiente que conocería en la calle un día común como hoy. Me dijo que su nombre era María, que venía del este y que no conocía el lugar. Me ofrecí a darle un paseo.

Mientras caminábamos le dije que yo también viví al este y que me gustaba mucho, que quería volver. Me gané su confianza y le ofrecí pasar la noche platicando conmigo en un bar. Me dijo que no tomaba, entonces la invité a mi departamento. Llegamos en unos minutos pues ya estábamos cerca. Al entrar le ofrecí té verde frío, que es lo único que tomo pues contiene antioxidantes. Dijo que sí. Le di la espalda y fui por él al refrigerador.

Al voltear de nuevo ya no estaba sentada en el sofá sino acostada en mi cama. Cuando llegué a la cama me besó. Tuve que hacerle el amor para quitarle ese vestido.

Al anochecer me vestí de guapa con el vestido de las margaritas. Salí de mi departamento mientras ella dormía, inocente, en mi cama. Llegando al bar, no hice cola. Nadie notó que yo era hombre. Me invitaron bebidas, me sacaron a bailar y disfruté hasta el amanecer.

Ahora no sé donde estoy, ni sé donde quedó aquel vestido de margaritas. Pero, ¡qué buena noche!

Señal de Luces

Ibas caminando por la calle bajo una tormenta helada que calaba tus huesos al más mínimo roce de lluvia. Tu abrigo estaba en el armario al lado de las escaleras de su casa. Lo habías olvidado por distraído y ya no podías regresar a él, ni a ella. Seguiste tu camino pensando que en poco tiempo estarías ya en tu casa y tomarías un baño caliente para prevenir un resfriado. Sin embargo, sabías que el resfriado iba a ser el menor de las consecuencias de haberte alejado bajo la lluvia aquella tarde.

Cada trueno te parecía el estruendo de tu escandalosa relación, ambos gritaban, era insoportable. Pero, ¿qué hacías tú cuando era ella la que te daba la espalda y se iba sin ti? Nada. La dejabas alejarse sin siquiera dar una respuesta de aquella abominable acción. Porque sabes perfectamente que lo que ella quiere, todo el tiempo, es que la tomes de un brazo y le digas “no te vayas sin mi”. Mas nunca lo haces. A veces hasta tú piensas que eres un cobarde.

Te destroza pensar que es tu culpa y, aunque sabes que es del mundo entero, sigues sintiendo que todo te sale mal por ser tú mismo, porque estás maldito. Que si llueve el mismo día en que olvidaste tu abrigo no es por mera coincidencia, sino que te lo merecías. Te la crees, todo el tiempo. Estás consciente de que es imposible que exista algún ser metafísico que decida como va a ser tu vida. Razón por la cual te crees dueño de ti mismo, por eso eres tan egoísta. Por eso te sientes tan solo. Sobresale tu arrogancia en cada situación de tu vida porque eres incapaz de aceptar que sí puedes cambiar para arreglar un poco las cosas. O, al menos, eso creen todos.

Ibas divagando por el camino que lleva de su casa a la tuya y te decías en silencio sólo falta un poco más, ya casi llegas. Veías a la distancia las paredes blancas, la reja negra, ningún coche, ni una sola luz. Recordabas que olvidaste las llaves en tu abrigo y te sentaste en la banqueta, ya sin alguna otra cosa que hacer mas que pensar en regresar a buscar, no las llaves, sino a ella. Seguía lloviendo.

Había pasado ya media hora y seguías ahí sin mover un sólo músculo. Parecía como si estuvieras paralizado bajo la tormenta. Cuando de repente escuchaste el sonido de un claxon acercándose a la esquina donde te encontrabas. Pudiste percibir un coche rojo con placas de la ciudad, sin embargo era casi imposible para ti saber quién iba dentro del automóvil. Se estacionó frente a tu casa y con una señal de luces te dijo, o al menos eso pensaste tú, que te acercaras y subieras al auto. Abriste la puerta del copiloto y sentiste el calor enclaustrado por las cuatro ventanas del coche. Tomaste asiento sin dudarlo y cuando levantaste la mirada la viste a ella. Con una mano te acariciaba el cabello y con la otra te entregaba tu abrigo tibio y seco. La miraste a los ojos y te percataste de que llevaba horas llorando. Te fuiste mientras ella lloraba y no te importó. No pudiste evitar los sentimientos de odio y decepción hacia ti mismo. Habías jurado que jamás la harías llorar y que mucho menos la dejarías sola.

Intentaste secarle las lágrimas de las mejillas y ella, con un movimiento suave, movió su cara lejos de tu mano y aceleró. Iba manejando a menos velocidad de la normal, ni siquiera te había dicho a donde se dirigían. Preferiste mantenerlo un misterio, ya que no sabías ni que decir. La lluvia ya había cesado cuando ella estacionó el coche cerca de un parque. Abrió la puerta y salió sin decirte nada, así que la seguiste. El viento movía unos columpios a unos metros de ustedes y en cuanto los viste entendiste todo. Ya era costumbre que te la encontraras ahí cada vez que se sentía sola. La diferencia en ese momento era que se sentía así por ti. La viste moverse con dificultad, casi arrastrando los pies, hacia el columpio más cercano pero no se detuvo ahí. En cambio, se sentó bajo una palmera y abrazó sus piernas pegando sus rodillas a su pecho. La volviste a mirar y sentiste otra vez ese latido, el ritmo de su corazón dentro de tu pecho.

Te sentaste a su lado a pesar de que no te lo pidiera y le pasaste un brazo sobre el hombro. La sentías tan distante. Entonces, fijó su mirada en ti y, por primera vez durante todo el trayecto, tú no quisiste mirarla a ella. Te dijo, sin alterarse, ya no siento nada.

— En cuanto te fuiste me di cuenta de lo estúpida que he sido. Esperándote día tras día con la ilusión de que te des cuenta de que esto no puede seguir así. Estamos sufriendo. — En ese instante no supiste qué decir. Te estremecías sin saber si era del frío o el miedo a perderla para siempre. Seguías empapado por la lluvia y te temblaban las rodillas y los brazos. Intentaste hablar pero no conseguiste decir nada. Sentías cómo los escalofríos recorrían todo tu cuerpo mientras ella te daba a entender que ya no te quería en su vida.

Estabas seguro de que no era verdad. Te querías asegurar de que ella aún te amaba. Así que reuniste valor para decirle que estabas arrepentido, que querías cambiar, que tú sin ella no eras nadie. Quisiste recordarle todas esas caminatas bajo la luna y cómo antes era tan fácil hacerla reír. Pensaste en decirle que el brillo de su mirada era lo único que necesitabas ver cada mañana. Algo, cualquier cosa que la convenciera de quedarse a tu lado. Sin embargo, cuando levantaste la mirada, ya no la viste ahí. Ya no estaba lloviendo.

Escuchaste el sonido de un claxon acercándose hacia donde te encontrabas. Te diste cuenta que el coche rojo ya no estaba, que ella ya no estaba y que el parque tampoco. En cuanto abriste los ojos todo eso desapareció, nunca había estado ahí.

Tu padre bajó del auto y abrió la reja. Tú, en vez de entrar a tomar el baño de agua caliente, corriste en dirección contraria pensando que tal vez todavía tenías tiempo de encontrarla sentada al pie de las escaleras donde la dejaste antes de partir.

Y, aunque la tormenta cesó, el sol no volvió a asomarse por tu cielo.

Mayo 1, 2012