Julio y Alejandra

Voy a hacer una comparación imperdonable pero un tanto cierta, cuando te leí detenidamente por vez primera te imaginé sentado en una banca del cementerio de Montmartre escribiendo y yo a tu lado, escribiendo también. Ambos decíamos “ya quedó”, intercambiando escritos, nos quedábamos en silencio una vez más y nos dedicábamos a leer, entender y releer las letras plasmadas en hojas en blanco intercambiadas. Y algo que yo pensaba en ese momento era lo mismo que pienso ahora el inventarme esta historia, siempre había querido conocer a un escritor tan similar a Cortázar y tan ordinario como yo. Y no te llamo ordinario en forma de ofensa, no. Admiro cada segundo de tu ordinaria vida y admiro cada palabra que escribes y plasmas y dictas y creas en tu imparable remolino de pensamientos. Y, también, te imagino pensando que siempre habías deseado conocer a alguien que escribiera como Pizarnik y fuera tan ordinaria como tú. Y tampoco lo dirías en forma de ofensa, sino con respeto y admiración como el que yo te tengo a ti.

A lo que quiero llegar, supongo, es que nos imagino a ambos, entablando una conversación acerca de la vida, la filosofía y el dolor de amar, o lo que sea, pero hablando. Siendo amigos, conociendo el cementerio de Montmartre (y no es por cursi, sino porque es la novedad en mi vida) y ambos sentados uno frente a otro pensando que tú eres lo más cercano a Cortázar y yo lo más cercano a Pizarnik, pero sin la fama, ordinarios y aún más encariñados con las penas y el dolor.

(Fíjate, es chistoso que nuestros nombres y los suyos empiecen con las mismas letras. Y yo no creo en el destino ni en coincidencias, pero se me hace curioso. Mi consciente escogió dos escritores al azar, mi subconsciente lo analizó todo.)